En la penumbra de la sala de conciertos, los asistentes no pestañean ante la interpretación del pianista. Vibran al ritmo de la música. Hay manos que acarician muslos ajenos, labios que se muerden para no jadear, gotas de sudor recorriendo sienes. En el último acorde, se ven obligados a aplaudir con la mano derecha.
Imagen: Tomada de la red.